viernes, 20 de julio de 2007

Uno

Ocaña era tonto perdido. Yo, más o menos, también, así que hacíamos buena pareja. Además, vivíamos cerca. Vivir cerca es importante cuando eres un crío.
-Ocaña, ¿A que no le das una pedrada a la señal que hay ahí abajo?
La señal de ahí abajo era un prohibido pasar a los peatones al garaje de un hotel de cinco estrellas. Un minuto después, Ocaña venía corriendo con dos piedras como dos puños que se había agenciado en un parque cercano.
-Vamos.
Empezamos a bajar. Enseguida vimos que debajo de la señal había una garita con un guarda. Hice un gesto y disparamos. La piedra de Ocaña no hizo diana, pero la mía sí. El sonido fue formidable y salimos corriendo de ahí como locos. Este momento de correr y sentirse perseguido es, sin duda, uno de los mejores momentos que se pueden vivir en la infancia.
Siempre he sido un poco retorcido, así que le dije a Ocaña que nos íbamos a esconder en el mismo hotel. Cogimos aire y entramos, como quien entra en su casa.

6 comentarios:

EL INSPIRADO dijo...

El otro día me encontré con el y me dijo que echaba de menos aquella época de forajidos, o por lo menos lo dejó entrever. Ahora quizá no hay piedras en los parques de plástico, ni probablemente el las lance, cansado de no acertar en la diana o quizá... Ahora ambos habéis entendido el mensaje de las señales y os habéis acostumbrado a aceptarla. Eso pasa...

Anónimo dijo...

que bueno diego, has resumido perfectamente lo q sucede...eres como un floripondio o un fildurcio elevado a la máxima potencia...hablando de encontrar, el otro dia al ir hacerme la resonancia me encontre a chema divar, q grande!

EL INSPIRADO dijo...

Que resuene, que resuenen y tal

Anónimo dijo...

y tan grande

j.c. dijo...

y po queeee?

Anónimo dijo...

porque está enorme, macho